La Sombra del Asno

Había una vez un comerciante llamado Estratocles, un hombre pragmático y acelerado que necesitaba viajar desde la ciudad de Atenas hasta la próspera localidad de Megara. Llevaba consigo varias bolsas cargadas de valiosas mercancías —telas finas, frascos de esencias y piezas de bronce—, demasiado pesadas para cargarlas a sus espaldas bajo el sofocante sol del pleno verano mediterráneo. Por ello, decidió dirigirse al mercado y alquilar un asno a Filón, un muchacho humilde, alegre y astuto que se ganaba la vida trabajando como arriero.

Firmaron un acuerdo simple y habitual en la época: Estratocles pagaría una suma fija de monedas de plata por el alquiler del animal durante una jornada completa, y Filón iría junto a él caminando como arriero para guiarlo, asegurarse de que el animal regresara sano y salvo, y ayudar en el trayecto si surgía algún inconveniente.

El viaje comenzó temprano, cuando la mañana aún ofrecía cierta brisa fresca. El asno, de pelaje pardo y paso lento pero firme, caminaba tranquilamente llevando sobre su lomo los fardos del mercader. Filón iba al frente sosteniendo las riendas con soltura, mientras Estratocles caminaba a un lado, repasando mentalmente las ganancias que obtendría al llegar a su destino.

Sin embargo, a medida que el sol alcanzaba su punto más alto en el firmamento, el paisaje árido se convirtió en un auténtico horno. El calor reverberaba sobre el suelo pedregoso, la calzada no ofrecía un solo árbol bajo el cual refugiarse y el aire caliente quemaba al respirar. Agotados, sudorosos y sofocados por la canícula del mediodía, los dos hombres y el animal decidieron hacer una parada para descansar en medio de la planicie desierta.

Estratocles miró a su alrededor desesperado en busca de una sombra, pero no había robles, ni olivos, ni techados a la vista. Lo único que proyectaba un mínimo alivio sobre la tierra reseca era la figura del propio asno. Sin pensarlo dos veces, el comerciante se echó rápidamente en el suelo, justo al lado del vientre del animal, acurrucándose en la estrecha franja oscurecida que proyectaba su cuerpo. Al sentir la marcada diferencia de temperatura y la fresca oscuridad de la sombra, Estratocles suspiró con alivio y cerró los ojos para descansar.

Al ver esto, Filón, que venía igual de fatigado y con los pies ampollados por la caminata, se acercó de inmediato y protestó:

—¡Espera un momento, Estratocles! Ese espacio me pertenece. Yo también estoy exhausto y el sol me está abrasando la cabeza. Hazte a un lado o déjame ese lugar.

Estratocles abrió un ojo, indignado por la interrupción, y respondió con soberbia:

—¿De qué hablas, arriero? Yo te he pagado una buena cantidad de monedas de plata por el alquiler de este asno para todo el día. Por lo tanto, durante este viaje, la sombra que proyecta el animal es enteramente mía.

Filón negó con la cabeza rotundamente y se cruzó de brazos:

—Estás muy equivocado, estimado comerciante. Tú me pagaste única y exclusivamente por el transporte de tus mercancías sobre el lomo del asno. En nuestro trato jamás mencionamos la sombra. El asno es de mi propiedad y, por consecuencia lógica, la sombra que genera su cuerpo sigue siendo mía. Si quieres usar mi sombra, tendrás que pagar una tarifa adicional.

—¡Eso es un absurdo monumental! — exclamó Estratocles poniéndose de pie de un salto, olvidando por completo su cansancio al sentir la indignación—. La sombra es una propiedad inseparable del cuerpo que la produce. Al alquilar la bestia, alquilé todo lo que viene unido a ella, ¡incluyendo su sombra!

—¡De ninguna manera! — replicó Filón levantando la voz—. Si me compras un manzano, te llevas los frutos, pero no el terreno sobre el que crece. La sombra no viaja sobre el lomo del animal, cae sobre la tierra, y la bestia me pertenece a mí.

Lo que comenzó como un pequeño desacuerdo verbal escaló rápidamente a una discusión acalorada. Los dos hombres, cegados por el orgullo, la terquedad y la codicia de tener la razón, comenzaron a gritarse todo tipo de argumentos legales, filosóficos y absurdos. Se citaban leyes de comercio ateniense, derechos de propiedad, costumbres ancestrales y principios morales. La disputa se volvió tan violenta y apasionada que pasaron de las palabras a los empujones.

Mientras Estratocles y Filón se enfrascaban en un forcejeo absurdo bajo el abrasador sol, agarrándose de las túnicas y gritando a los cuatro vientos sus argumentos, el asno los observaba en silencio, moviendo las orejas con desconcierto.

Cansado de los gritos, del bullicio, del calor y de la torpeza de los dos hombres que no dejaban de sacudirse a su alrededor, el animal dio un resoplido de fastidio, se dio la vuelta suavemente y echó a trotar a campo abierto, alejándose rápidamente hacia las colinas lejanas. Junto con el asno, se fueron también las mercancías que llevaba cargadas en su lomo.

Aturdidos por el polvo que levantó la huida del animal, los dos hombres dejaron de pelear y se quedaron petrificados. Miraron al horizonte y vieron cómo el asno desaparecía a lo lejos, llevándose consigo la carga del mercader y, por supuesto, la tan disputada sombra.

Estratocles y Filón se quedaron solos en medio de la nada, bajo el sol implacable del mediodía, sin sombra, sin animal, sin mercancías y con un largo camino de regreso por delante.

fabula del asno y su sombra


Moraleja

A menudo, las personas pierden lo verdaderamente sustancial e importante por enfrascarse en disputas superficiales, vanas y triviales. Por pelear acaloradamente por la "sombra" de los problemas (el orgullo, los detalles insignificantes o la terquedad de tener la razón), terminan perdiendo el "asno" (lo valioso, la paz, las oportunidades o las relaciones humanas).


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