Había una vez, en el corazón de un bosque antiguo y frondoso donde los árboles centenarios entrelazaban sus copas como una catedral verde, un cuervo llamado azabache. Azabache no era un cuervo ordinario; poseía un plumaje tan negro y brillante que reflejaba los destellos del sol con matices azulados y violáceos. Sin embargo, detrás de aquella fachada majestuosa, se escondía una vanidad insaciable y una desmedida necesidad de admiración. Le fascinaba sentirse contemplado, superior y digno de alabanzas, aunque su verdadera naturaleza distara mucho de la elegancia que pretendía proyectar.
Aquel día, la fortuna pareció sonreírle al vanidoso pájaro. Mientras sobrevolaba el patio de una pequeña granja en las afueras del bosque, divisó una escena que le hizo detener el vuelo. Sobre una mesa de madera que los granjeros habían dejado al aire libre, descansaba un apetitoso y enorme trozo de queso curado. Su aroma, denso y carnoso, impregnaba el brisa matutina. Sin pensarlo dos veces, Azabache descendió en un picado silencioso y certero, atrapó la deliciosa pieza entre su fuerte pico y emprendió de inmediato el regreso a la seguridad de los árboles.
Sosteniendo su preciado botín, el cuervo fue a posarse en la rama más alta de un viejo y robusto roble. Desde aquella altura privilegiada, no solo estaba a salvo de cualquier depredador terrestre, sino que también podía contemplar todo el bosque mientras se disponía a disfrutar de su banquete. Azabache reajustó el queso entre sus mandíbulas, complacido con su hazaña, y se tomó un momento para paladear el triunfo antes de dar el primer bocado.
Lo que Azabache no sabía era que desde la penumbra del sotobosque, unos ojos astutos y vigilantes habían presenciado todo el robo. Pertenecían a una zorra llamada Rosalinda, conocida en toda la región por su agudo ingenio, su elocuencia cautivadora y su capacidad para conseguir lo que quería sin emplear jamás la fuerza bruta. Rosalinda llevaba varios días sin probar un bocado decente y el aroma del queso maduro despertó de inmediato una voraz hambre en sus entrañas.
La Zorra miró hacia arriba y observó la posición del Cuervo. La rama era demasiado alta y el tronco demasiado liso para escalar. Intentar atacar o amenazar a Azabache sería un error absurdo, pues al menor gesto de violencia, el ave simplemente volaría hacia otro árbol lejano. Rosalinda comprendió que la única forma de arrebatarle el queso a aquel pájaro era usando la astucia, atacando el punto más débil de su víctima: su desmedida vanidad.
Con paso elegante y sigiloso, Rosalinda se aproximó a la base del gran roble. Se sentó sobre la hierba fresca, adoptando una postura relajada y humilde, y alzó la vista hacia el cuervo con una expresión de fingida devoción y asombro.
—¡Oh, divina criatura! —exclamó la Zorra con una voz suave, melódica y llena de reverencia—. Apenas puedo dar crédito a mis ojos al contemplar semejante maravilla en este bosque solitario.
El Cuervo, al escuchar aquellas palabras, se tensó sobre la rama. Inclinó la cabeza hacia abajo y miró a la Zorra con recelo, pero no soltó el queso.
Rosalinda, notando que tenía su atención, continuó su adulación con mayor entusiasmo, haciendo que su voz resonara dulce entre los árboles.
—He recorrido este valle durante años y he visto a muchas aves —dijo la Zorra, llevándose una pata al pecho como si estuviera profundamente conmovida—. He visto al águila imperial, al majestuoso halcón y al colorido faisán. Pero debo confesar, que ninguno posee la elegancia ni el porte que usted exhibe sobre aquella rama. Mira nada más la seda de tus plumas, tan oscuras como la noche más pura y resplandecientes como piedras preciosas. ¡Qué forma tan perfecta tiene tu cuerpo! ¡Qué elegancia en tu mirada!
Azabache erizó levemente sus plumas y ahuecó el pecho. Las palabras de la Zorra eran como música celestial para sus oídos. Su vanidad comenzó a hincharse rápidamente, nublando por completo cualquier sentido de cautela.
—Sin duda alguna —prosiguió la Zorra, dejando escapar un suspiro cargado de admiración—, con semejante plumaje y semejante porte, tú deberías ser coronado sin discusión como el Rey Supremo de todas las aves de este mundo. No hay criatura sobre la tierra que merezca semejante honor más que tú.
El Cuervo miraba a la Zorra fascinado. Por fin, pensaba Azabache, alguien en este bosque reconocía su verdadera grandeza y su incuestionable belleza.
—Sin embargo —añadió Rosalinda, cambiando sutilmente el tono de su voz por uno de suave melancolía y fingida duda—, me embarga una tristeza en el corazón. Porque de nada sirve poseer la belleza de un rey si se carece de la voz para gobernar. He oído decir a los animales del campo que tu canto es tosco, áspero y desagradable. ¡Qué lástima tan grande si fuera cierto! Si solo tuvieras una voz dulce y melodiosa para acompañar tu majestuosa figura, no habría duda de tu realeza. Pero me temo que eres mudo, o peor aún, que solo puedes emitir graznidos feos.
Aquel comentario cayó como una provocación directa sobre el orgullo del Cuervo. ¿Mudo él? ¿Un graznido feo? ¡Jamás! Azabache no podía permitir que aquella Zorra, que lo había colocado en un altar de admiración, dudara de sus talentos musicales. Quería demostrarle que su voz era tan magnífica como su plumaje, que podía cantar con la fuerza y la gracia de un verdadero monarca.
Cegado por el deseo irracional de impresionar a su aduladora y ahogar cualquier sombra de duda, el Cuervo olvidó por completo el queso que sostenía. Azabache estiró el cuello hacia el cielo, ahuecó nuevamente las plumas del pecho, abrió de par en par el pico y lanzó un estruendoso y desafinado graznido:
—¡CRAAAACK!
En el instante mismo en que abrió el pico, el pesado trozo de queso se desprendió de sus mandíbulas. Cayó libremente a través de las hojas y las ramas del roble, trazando una línea recta hacia el suelo.
Rosalinda, que no había quitado la vista del botín ni por un segundo, dio un ágil salto hacia adelante. Atrapó el queso en el aire con sus mandíbulas antes de que tocara la tierra, cerró la boca con firmeza y dio un par de pasos hacia atrás, saboreando el triunfo.
Arriba en la rama, el Cuervo se quedó con el pico abierto y los ojos desorbitados. Miró sus patas vacías y luego observó a la Zorra en el suelo, quien masticaba con evidente placer el delicioso queso curado.
Una vez que tragó el último bocado, Rosalinda miró hacia la copa del árbol, donde Azabache permanecía inmóvil, paralizado por la vergüenza, el dolor de la pérdida y la humillación.
La Zorra le sonrió con picardía y le dijo antes de adentrarse en la espesura del bosque:
—Muchísimas gracias por el banquete, mi estimado "rey". Tu voz es exactamente como la imaginaba, pero tu ingenuidad es aún mayor. Recuerda esto para el resto de tus días: quien se alimenta de la adulación, tarde o temprano termina pagando la cuenta.



