El Cuervo y la Zorra 🦊🧀

Había una vez, en el corazón de un bosque antiguo y frondoso donde los árboles centenarios entrelazaban sus copas como una catedral verde, un cuervo llamado azabache. Azabache no era un cuervo ordinario; poseía un plumaje tan negro y brillante que reflejaba los destellos del sol con matices azulados y violáceos. Sin embargo, detrás de aquella fachada majestuosa, se escondía una vanidad insaciable y una desmedida necesidad de admiración. Le fascinaba sentirse contemplado, superior y digno de alabanzas, aunque su verdadera naturaleza distara mucho de la elegancia que pretendía proyectar.

Aquel día, la fortuna pareció sonreírle al vanidoso pájaro. Mientras sobrevolaba el patio de una pequeña granja en las afueras del bosque, divisó una escena que le hizo detener el vuelo. Sobre una mesa de madera que los granjeros habían dejado al aire libre, descansaba un apetitoso y enorme trozo de queso curado. Su aroma, denso y carnoso, impregnaba el brisa matutina. Sin pensarlo dos veces, Azabache descendió en un picado silencioso y certero, atrapó la deliciosa pieza entre su fuerte pico y emprendió de inmediato el regreso a la seguridad de los árboles.

Sosteniendo su preciado botín, el cuervo fue a posarse en la rama más alta de un viejo y robusto roble. Desde aquella altura privilegiada, no solo estaba a salvo de cualquier depredador terrestre, sino que también podía contemplar todo el bosque mientras se disponía a disfrutar de su banquete. Azabache reajustó el queso entre sus mandíbulas, complacido con su hazaña, y se tomó un momento para paladear el triunfo antes de dar el primer bocado.

Lo que Azabache no sabía era que desde la penumbra del sotobosque, unos ojos astutos y vigilantes habían presenciado todo el robo. Pertenecían a una zorra llamada Rosalinda, conocida en toda la región por su agudo ingenio, su elocuencia cautivadora y su capacidad para conseguir lo que quería sin emplear jamás la fuerza bruta. Rosalinda llevaba varios días sin probar un bocado decente y el aroma del queso maduro despertó de inmediato una voraz hambre en sus entrañas.

La Zorra miró hacia arriba y observó la posición del Cuervo. La rama era demasiado alta y el tronco demasiado liso para escalar. Intentar atacar o amenazar a Azabache sería un error absurdo, pues al menor gesto de violencia, el ave simplemente volaría hacia otro árbol lejano. Rosalinda comprendió que la única forma de arrebatarle el queso a aquel pájaro era usando la astucia, atacando el punto más débil de su víctima: su desmedida vanidad.

Con paso elegante y sigiloso, Rosalinda se aproximó a la base del gran roble. Se sentó sobre la hierba fresca, adoptando una postura relajada y humilde, y alzó la vista hacia el cuervo con una expresión de fingida devoción y asombro.

¡Oh, divina criatura! —exclamó la Zorra con una voz suave, melódica y llena de reverencia—. Apenas puedo dar crédito a mis ojos al contemplar semejante maravilla en este bosque solitario.

El Cuervo, al escuchar aquellas palabras, se tensó sobre la rama. Inclinó la cabeza hacia abajo y miró a la Zorra con recelo, pero no soltó el queso.

Rosalinda, notando que tenía su atención, continuó su adulación con mayor entusiasmo, haciendo que su voz resonara dulce entre los árboles.

He recorrido este valle durante años y he visto a muchas aves —dijo la Zorra, llevándose una pata al pecho como si estuviera profundamente conmovida—. He visto al águila imperial, al majestuoso halcón y al colorido faisán. Pero debo confesar, que ninguno posee la elegancia ni el porte que usted exhibe sobre aquella rama. Mira nada más la seda de tus plumas, tan oscuras como la noche más pura y resplandecientes como piedras preciosas. ¡Qué forma tan perfecta tiene tu cuerpo! ¡Qué elegancia en tu mirada!

Azabache erizó levemente sus plumas y ahuecó el pecho. Las palabras de la Zorra eran como música celestial para sus oídos. Su vanidad comenzó a hincharse rápidamente, nublando por completo cualquier sentido de cautela.

Sin duda alguna —prosiguió la Zorra, dejando escapar un suspiro cargado de admiración—, con semejante plumaje y semejante porte, tú deberías ser coronado sin discusión como el Rey Supremo de todas las aves de este mundo. No hay criatura sobre la tierra que merezca semejante honor más que tú.

El Cuervo miraba a la Zorra fascinado. Por fin, pensaba Azabache, alguien en este bosque reconocía su verdadera grandeza y su incuestionable belleza.

Sin embargo —añadió Rosalinda, cambiando sutilmente el tono de su voz por uno de suave melancolía y fingida duda—, me embarga una tristeza en el corazón. Porque de nada sirve poseer la belleza de un rey si se carece de la voz para gobernar. He oído decir a los animales del campo que tu canto es tosco, áspero y desagradable. ¡Qué lástima tan grande si fuera cierto! Si solo tuvieras una voz dulce y melodiosa para acompañar tu majestuosa figura, no habría duda de tu realeza. Pero me temo que eres mudo, o peor aún, que solo puedes emitir graznidos feos.

Aquel comentario cayó como una provocación directa sobre el orgullo del Cuervo. ¿Mudo él? ¿Un graznido feo? ¡Jamás! Azabache no podía permitir que aquella Zorra, que lo había colocado en un altar de admiración, dudara de sus talentos musicales. Quería demostrarle que su voz era tan magnífica como su plumaje, que podía cantar con la fuerza y la gracia de un verdadero monarca.

Cegado por el deseo irracional de impresionar a su aduladora y ahogar cualquier sombra de duda, el Cuervo olvidó por completo el queso que sostenía. Azabache estiró el cuello hacia el cielo, ahuecó nuevamente las plumas del pecho, abrió de par en par el pico y lanzó un estruendoso y desafinado graznido:

—¡CRAAAACK!

En el instante mismo en que abrió el pico, el pesado trozo de queso se desprendió de sus mandíbulas. Cayó libremente a través de las hojas y las ramas del roble, trazando una línea recta hacia el suelo.
Rosalinda, que no había quitado la vista del botín ni por un segundo, dio un ágil salto hacia adelante. Atrapó el queso en el aire con sus mandíbulas antes de que tocara la tierra, cerró la boca con firmeza y dio un par de pasos hacia atrás, saboreando el triunfo.

Arriba en la rama, el Cuervo se quedó con el pico abierto y los ojos desorbitados. Miró sus patas vacías y luego observó a la Zorra en el suelo, quien masticaba con evidente placer el delicioso queso curado.
Una vez que tragó el último bocado, Rosalinda miró hacia la copa del árbol, donde Azabache permanecía inmóvil, paralizado por la vergüenza, el dolor de la pérdida y la humillación.

La Zorra le sonrió con picardía y le dijo antes de adentrarse en la espesura del bosque:

Muchísimas gracias por el banquete, mi estimado "rey". Tu voz es exactamente como la imaginaba, pero tu ingenuidad es aún mayor. Recuerda esto para el resto de tus días: quien se alimenta de la adulación, tarde o temprano termina pagando la cuenta.

el cuervo y la zorra fabula


Moraleja:

No debemos confiar jamás en quienes nos prodigan elogios exagerados e interesados. La adulación falsa es una trampa diseñada para manipular el orgullo y la vanidad de las personas. Quien se deja llevar por simples adulaciones, fácil pierde el juicio y, en su afán por demostrar virtudes que no necesita probar, termina entregando sus mejores bienes a manos de los astutos y ventajistas.

El Perro y su Reflejo 🐕✨

Había una vez, en las afueras de un animado poblado campesino, un perro mestizo de pelaje áspero y mirada inquiete llamado León. León no conocía la calidez de un hogar ni la seguridad de un plato servido cada día a la misma hora. Era un perro callejero que sobrevivía gracias a su agilidad, su astucia y, sobre todo, a una constante desconfianza hacia cualquier ser viviente. Para León, el mundo era un terreno hostil donde cada recurso debía ser disputado y defender la propia vida significaba adelantarse a la codicia de los demás.

Aquella mañana de primavera, el aire olía a tierra húmeda y al bullicio del mercado central. León se escurría entre las carretas de los comerciantes con la oreja gacha y el cuerpo pegado al suelo, esperando el momento oportuno. Las mesas de madera crujían bajo el peso de los quesos, las verduras y las carnes frescas. Entre todos los puestos, había uno que atraía a León como un imán irresistible: la carnicería del señor Tomás, un hombre de brazos robustos que no dudaba en ahuyentar a las criaturas callejeras con un escobazo certero.

León esperó pacientemente detrás de un barril de madera, conteniendo el aliento. Vio cómo el carnicero cortaba una gran pieza de carne de res, dejando sobre la mesa de trabajo un hueso carnoso y suculento. Era un aperitivo extraordinario y jugoso que prometía un banquete único al tipo de hallazgo con el que un perro callejero sueña durante las noches más frías del invierno.

El carnicero se giró un instante para atender a una clienta. Ese segundo fue todo lo que León necesitó. Como una sombra veloz, saltó sobre el borde de la mesa, cerró las mandíbulas con fuerza alrededor del hueso y echó a correr a toda velocidad antes de que el hombre pudiera reaccionar. Escuchó los gritos enfurecidos del carnicero y el sonido seco de una escoba contra el suelo, pero ya era tarde: León llevaba consigo el tesoro más grande que jamás había conseguido.

Corrió sin detenerse por los callejones de piedra, atravesó el huerto del pueblo y dejó atrás el ruido del mercado. Su corazón latía a mil por hora, no solo por el esfuerzo físico, sino por la tremenda excitación de su victoria. Sin embargo, León era demasiado precavido como para disfrutar de su banquete al aire libre, donde otros perros más grandes o fuertes podrían oler la carne y quitársela. Necesitaba un lugar solitario, un refugio donde pudiera saborear cada bocado con absoluta tranquilidad.
Decidió dirigirse hacia el bosque que bordeaba el pueblo, un lugar tranquilo cruzado por un pequeño río de aguas cristalinas. Para llegar a la franja de hierba más tupida al otro lado, era necesario cruzar un viejo puente de madera vieja desgastada por el tiempo y pulido por el paso de los viajeros.

León llegó a la orilla del arroyo. El sol del mediodía caía directamente sobre el agua, transformándola en un espejo deslumbrante y sereno. Sosteniendo el hueso fuertemente entre los dientes, el perro avanzó sobre el punente a paso lento y calculado. El sonido del agua deslizándose suavemente entre las piedras le transmitía una falsa sensación de calma.

Cuando se encontraba justo en la mitad del puente, León hizo una pausa para reajustar su agarre sobre la pieza de su exquisito hueso, que empezaba a resbalársele por la saliva. Al inclinar la cabeza hacia abajo, sus ojos se posaron en la superficie limpia del arroyo. Allí, en las profundidades del agua, vio a otro perro que lo miraba fijamente.

León se congeló. El perro del agua parecía de su mismo tamaño, pero sostenía en su hocico un trozo de delicioso hueso que a los ojos de León pareció inmensamente mayor, más rojo, más jugoso y mil veces más deseable que el que tenía. La refracción del agua y la sombra de los árboles magnificaban la imagen, haciendo que la presa ajena pareciera un banquete digno de un rey.

En ese preciso instante, la mente de León sufrió una transformación cegadora. La alegría y el orgullo que había sentido al robar el preciado hueso del carnicero se evaporaron por completo. Ya no le importaba el que tenía entre sus propias mandíbulas; toda su atención, su deseo y su ambición se concentraron en el trozo que llevaba el extraño perro del arroyo.

"¿Por qué ese desconocido debe tener una pieza mejor que la mía?", pensó León con una furia repentina.

"Si soy lo suficientemente rápido y agresivo, puedo asustarlo, quitarle su exquisito manjar y así, tener ambos para mí solo. Seré el perro más afortunado y envidiado de toda la región".

La razón y la cautela desaparecieron por completo. Llevado por una mezcla incontrolable de envidia y codicia, León no se detuvo a observar la calma del agua ni a notar que el perro misterioso imitaba cada uno de sus movimientos. No se dio cuenta de que aquel rival no era más que su propia imagen reflejada en el arroyo.

Con la intención de dar un ladrido feroz que aterrorizara a su supuesto competidor, León abrió de par en par la boca y lanzó un rugido desafiante sobre el agua. 

En el preciso momento en que abrió las mandíbulas, el trozo de hueso real se zafó de su boca. Cayó libremente por el aire, interrumpió la superficie del arroyo con un suave chapoteo y se hundió rápidamente hasta el fondo liso y rocoso del río. Las ondas en la superficie destruyeron al instante el reflejo. La imagen del otro perro y de su suculento banquete se distorsionó y desapareció en miles de destellos de luz.

León se quedó paralizado sobre el tronco, mirando al fondo del agua. Vio cómo su verdadero tesoro se asentaba entre la corriente y las piedras, fuera de su alcance, mientras el arroyo recuperaba lentamente su calma. Al mirar de nuevo hacia la superficie, solo volvió a ver su propio rostro reflejado: el de un perro desolado, con la boca vacía y la mirada llena de remordimiento.

Bateó el agua con las patas en un intento desesperado por recuperar su comida, pero la profundidad y la corriente tornaron vano cualquier esfuerzo. Hambriento, cansado y profundamente avergonzado, León no tuvo más remedio que dar la vuelta y regresar al pueblo con la cabeza gacha, habiendo aprendido por la fuerza la lección más amarga de su vida.

fabula del perro y su reflejo


Moraleja:

La ambición desmedida y la envidia nos ciegan ante el valor de lo que ya poseemos. Quien codicia lo ajeno por encima de lo propio corre el riesgo de perder la realidad persiguiendo una simple ilusión. La verdadera satisfacción consiste en valorar y cuidar lo que se tiene en las manos, en lugar de arriesgarlo todo por espejismos nacidos de la codicia.

La Gallina de los Huevos de Oro 🐔🥚✨💰

Había una vez, en un pequeño y verde valle acurrucado entre suaves colinas, un campesino llamado granjero Bruno. Bruno no era un hombre malvado, pero su corazón albergaba una inquietud constante, una sombra que empañaba cualquier alegría sencilla: la insaciable prisa por prosperar. Cada mañana se levantaba antes del amanecer para trabajar la tierra, pero en lugar de agradecer la brisa fresca, la cosecha suficiente o el calor de su hogar, pasaba el día contando los pocos centavos que lograba guardar al final de la semana. Para él, la vida era una carrera lenta y agotadora hacia una riqueza que siempre parecía estar fuera de su alcance.

Una mañana fría de otoño, mientras caminaba por el pequeño gallinero al fondo de su parcela para recoger los huevos del día, un destello inusual entre la paja atrapó su mirada. El sol naciente se filtraba por las rendijas de madera e iluminaba un rincón oscuro donde descansaba una gallina de plumaje tupido y ojos vivaces, una ave que Bruno había comprado apenas unos días atrás en el mercado del pueblo.

Bruno se acercó con cautela, pensando que quizás un trozo de vidrio reflector se había colado entre el nido. Extendió la mano y apartó suavemente a la gallina. Lo que encontró lo dejó completamente helado. Allí, sobre el lecho de paja seca, descansaba un huevo perfecto, pero no era un huevo común. Poseía un brillo cálido, denso y magnético. Al tomarlo en sus manos, Bruno sintió un peso sorprendente, una solidez que no correspondía a la cáscara frágil de una ave ordinaria. Era oro puro, reluciente y pesado.

El campesino parpadeó varias veces, convencido de que estaba atrapado en un sueño. Se frotó los ojos, apretó el objeto dorado entre sus dedos y hasta intentó hincarle los dientes para comprobar la autenticidad del metal. Era real. Un huevo de oro macizo en medio de su humilde gallinero.
Con el corazón latiéndole desbocado contra el pecho, corrió hacia su casa, cerró la puerta con pestillo y pesó el tesoro en la balanza de la cocina. El valor de aquel único huevo superaba con creces todo lo que ganaba en meses de duro trabajo bajo el sol. Aquella noche, Bruno no pudo pegar ojo; daba vueltas en la cama mirando el techo, preguntándose si a la mañana siguiente el milagro se repetiría o si todo habría sido una bendita casualidad.

Al romper el alba, voló prácticamente hacia el gallinero. Al abrir la puerta de madera, la gallina estaba allí, cacareando suavemente. Bruno la levantó y sus ojos se desorbitaron de alegría: otro huevo de oro, tan reluciente y pesado como el primero, descansaba brillante sobre la paja.

Durante semanas, la rutina se repitió de manera ininterrumpida. Cada mañana, la gallina ponía un único huevo de oro. Bruno comenzó a venderlos con discreción en ciudades lejanas para no levantar sospechas entre sus vecinos. En poco tiempo, la vieja choza de madera fue sustituida por una casa espaciosa de piedra tallada, las ropas raídas se transformaron en capas de fina lana y las comidas compuestas por caldos magros dieron paso a banquetes diarios con carnes sabrosas y vinos añejos.
Cualquier persona habría considerado esta fortuna renovada como una bendición absoluta, un regalo del destino capaz de garantizar una vida de tranquilidad y abundancia permanente. Sin embargo, la mente de Bruno tomó un rumbo muy distinto.

A medida que la riqueza de Bruno aumentaba, también lo hacía una impaciencia oscura y corrosiva. La abundancia no calmó su deseo de tener más, sino que alimentó una codicia desmedida. Empezó a calcular con obsesión lo rico que podría ser si en lugar de recibir un solo huevo al día recibiera diez, veinte o cien. Miraba a la gallina con ojos cargados de sospecha y desesperación:

"Si esta criatura es capaz de producir semejante tesoro día tras día"

Así, él pensaba para sí mientras caminaba de un lado a otro en su lujosa sala:

"significa que dentro de ella debe existir una mina inagotable de oro. Debe tener un tesoro enorme guardado en sus entrañas. ¿Por qué he de esperar días, meses y años para obtener poco a poco lo que ya me pertenece?"

La idea se transformó en una fijación constante. La paciencia se volvió para él una tortura insoportable. Cada mañana, al recoger el huevo diario, en lugar de sentir gratitud, sentía ira porque solo había uno. La avaricia le nubló la razón y le hizo olvidar la simple verdad de que la riqueza constante requiere tiempo y cuidado.

Una tarde, cegado por la ambición y la urgencia irracional de poseer todo el oro de golpe, Bruno tomó una decisión fatal. Entró al gallinero sosteniendo un cuchillo afilado. La gallina lo miró con calma, sin sospechar el destino que le esperaba a manos de quien la había alimentado. Sin dudarlo un segundo, Bruno sacrificó al ave y le abrió el vientre con la esperanza de contemplar una deslumbrante cordillera de oro macizo en su interior. Pero cuando inspeccionó las entrañas de la gallina, el mundo se le vino abajo.

Por dentro, la criatura era exactamente igual a cualquier otra gallina del campo. No había vetas de metal precioso, ni cofres escondidos, ni montañas de gemas. Era solo carne y todo lo demas de un ave común.
Tras eso, un silencio sepulcral cayó sobre el gallinero.

Bruno, se quedó inmóvil por largo tiempo. Luego, observó sus manos manchadas y el cuerpo inerte de la única fuente de su fortuna. En su afán por conseguirlo todo en un solo instante, había destruido la fuente de su prosperidad.

Cayó de rodillas sobre la paja, sosteniendo entre las manos temblorosas el cuerpo sin vida del animal. Rompió a llorar amargamente, pero sus lágrimas no podían devolverle la vida a la gallina ni revertir la insensatez de sus actos.

A partir de aquel día, la abundancia cesó de golpe. Las monedas guardadas terminaron por gastarse y Bruno tuvo que regresar a su antigua vida de privaciones, acompañado únicamente por el recuerdo constante de su propia codicia.

fabula de la gallina de los huevos de oro


Moraleja:

La avaricia y la impaciencia desenfrenadas nos llevan a perder incluso aquello que ya poseemos. Quien no sabe valorar la abundancia constante y busca conseguirlo todo de forma inmediata corre el riesgo de destruir la fuente misma de sus bienes. La verdadera riqueza requiere paciencia, gratitud y sabiduría para conservar lo que con bien se nos ha dado.

La Sombra del Asno

Había una vez un comerciante llamado Estratocles, un hombre pragmático y acelerado que necesitaba viajar desde la ciudad de Atenas hasta la próspera localidad de Megara. Llevaba consigo varias bolsas cargadas de valiosas mercancías —telas finas, frascos de esencias y piezas de bronce—, demasiado pesadas para cargarlas a sus espaldas bajo el sofocante sol del pleno verano mediterráneo. Por ello, decidió dirigirse al mercado y alquilar un asno a Filón, un muchacho humilde, alegre y astuto que se ganaba la vida trabajando como arriero.

Firmaron un acuerdo simple y habitual en la época: Estratocles pagaría una suma fija de monedas de plata por el alquiler del animal durante una jornada completa, y Filón iría junto a él caminando como arriero para guiarlo, asegurarse de que el animal regresara sano y salvo, y ayudar en el trayecto si surgía algún inconveniente.

El viaje comenzó temprano, cuando la mañana aún ofrecía cierta brisa fresca. El asno, de pelaje pardo y paso lento pero firme, caminaba tranquilamente llevando sobre su lomo los fardos del mercader. Filón iba al frente sosteniendo las riendas con soltura, mientras Estratocles caminaba a un lado, repasando mentalmente las ganancias que obtendría al llegar a su destino.

Sin embargo, a medida que el sol alcanzaba su punto más alto en el firmamento, el paisaje árido se convirtió en un auténtico horno. El calor reverberaba sobre el suelo pedregoso, la calzada no ofrecía un solo árbol bajo el cual refugiarse y el aire caliente quemaba al respirar. Agotados, sudorosos y sofocados por la canícula del mediodía, los dos hombres y el animal decidieron hacer una parada para descansar en medio de la planicie desierta.

Estratocles miró a su alrededor desesperado en busca de una sombra, pero no había robles, ni olivos, ni techados a la vista. Lo único que proyectaba un mínimo alivio sobre la tierra reseca era la figura del propio asno. Sin pensarlo dos veces, el comerciante se echó rápidamente en el suelo, justo al lado del vientre del animal, acurrucándose en la estrecha franja oscurecida que proyectaba su cuerpo. Al sentir la marcada diferencia de temperatura y la fresca oscuridad de la sombra, Estratocles suspiró con alivio y cerró los ojos para descansar.

Al ver esto, Filón, que venía igual de fatigado y con los pies ampollados por la caminata, se acercó de inmediato y protestó:

—¡Espera un momento, Estratocles! Ese espacio me pertenece. Yo también estoy exhausto y el sol me está abrasando la cabeza. Hazte a un lado o déjame ese lugar.

Estratocles abrió un ojo, indignado por la interrupción, y respondió con soberbia:

—¿De qué hablas, arriero? Yo te he pagado una buena cantidad de monedas de plata por el alquiler de este asno para todo el día. Por lo tanto, durante este viaje, la sombra que proyecta el animal es enteramente mía.

Filón negó con la cabeza rotundamente y se cruzó de brazos:

—Estás muy equivocado, estimado comerciante. Tú me pagaste única y exclusivamente por el transporte de tus mercancías sobre el lomo del asno. En nuestro trato jamás mencionamos la sombra. El asno es de mi propiedad y, por consecuencia lógica, la sombra que genera su cuerpo sigue siendo mía. Si quieres usar mi sombra, tendrás que pagar una tarifa adicional.

—¡Eso es un absurdo monumental! — exclamó Estratocles poniéndose de pie de un salto, olvidando por completo su cansancio al sentir la indignación—. La sombra es una propiedad inseparable del cuerpo que la produce. Al alquilar la bestia, alquilé todo lo que viene unido a ella, ¡incluyendo su sombra!

—¡De ninguna manera! — replicó Filón levantando la voz—. Si me compras un manzano, te llevas los frutos, pero no el terreno sobre el que crece. La sombra no viaja sobre el lomo del animal, cae sobre la tierra, y la bestia me pertenece a mí.

Lo que comenzó como un pequeño desacuerdo verbal escaló rápidamente a una discusión acalorada. Los dos hombres, cegados por el orgullo, la terquedad y la codicia de tener la razón, comenzaron a gritarse todo tipo de argumentos legales, filosóficos y absurdos. Se citaban leyes de comercio ateniense, derechos de propiedad, costumbres ancestrales y principios morales. La disputa se volvió tan violenta y apasionada que pasaron de las palabras a los empujones.

Mientras Estratocles y Filón se enfrascaban en un forcejeo absurdo bajo el abrasador sol, agarrándose de las túnicas y gritando a los cuatro vientos sus argumentos, el asno los observaba en silencio, moviendo las orejas con desconcierto.

Cansado de los gritos, del bullicio, del calor y de la torpeza de los dos hombres que no dejaban de sacudirse a su alrededor, el animal dio un resoplido de fastidio, se dio la vuelta suavemente y echó a trotar a campo abierto, alejándose rápidamente hacia las colinas lejanas. Junto con el asno, se fueron también las mercancías que llevaba cargadas en su lomo.

Aturdidos por el polvo que levantó la huida del animal, los dos hombres dejaron de pelear y se quedaron petrificados. Miraron al horizonte y vieron cómo el asno desaparecía a lo lejos, llevándose consigo la carga del mercader y, por supuesto, la tan disputada sombra.

Estratocles y Filón se quedaron solos en medio de la nada, bajo el sol implacable del mediodía, sin sombra, sin animal, sin mercancías y con un largo camino de regreso por delante.

fabula del asno y su sombra


Moraleja

A menudo, las personas pierden lo verdaderamente sustancial e importante por enfrascarse en disputas superficiales, vanas y triviales. Por pelear acaloradamente por la "sombra" de los problemas (el orgullo, los detalles insignificantes o la terquedad de tener la razón), terminan perdiendo el "asno" (lo valioso, la paz, las oportunidades o las relaciones humanas).