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La Ranita presumida

Cierta vez, una Ranita que era muy presumida, se creía la reina de las Ranitas del jardín. Cada día se la pasaba mirándose en la superficie de los charcos como quien se mira en un espejo. Su orgullo y vanidad era cada vez más grande que la hicieron insoportable.

Una día de primavera, la Ranita estaba tomando sol entre las flores de la orilla, cuando se le acercó un Sapo no tan guapo, y le dijo:

"Buenos días bella señorita. Hoy se ve tan linda que, desearía casarme con usted, su alteza..."

La Ranita interrumpiendo al Sapo, le respondió:

"Oiga oiga, señor Sapo. Sepa usted muy bien que no me arreglo para alguien como usted. Aléjese de mi en seguida y busque una pareja de su CLASE que me espanto con sólo verlo."

El Sapo avergonzado, se fue triste y se hundió en el lodo.

A pocos minutos, la Ranita estaba dándose una zambullidas en el estanque, hasta que de pronto la encontró una gran Culebra que, acercándose a ella le dijo:

"Vaya vaya... Creo que me servirás de exquisito banquete pequeña Ranita insolente."

Tras esto, la Culebra atrapó de su pierna a la Ranita.

La Vanidosa sintiéndose herida, empezó a pedir ayuda croando desesperada; y acordándose del Sapo, lo llamó a gritos:

"¡Señor Sapo, señor Sapo!, ¡por favor ayúdeme!, ¡Sálveme que me devora este monstruo!"

El Sapo oyendo el auxilio, de inmediato acudió y dando con la Culebra, saltó hacia su boca para tirar fuertemente de la Ranita logrando liberarla.

Libre y fuera de peligro por fin la Ranita, se acercó tímidamente al Sapo y le dijo:

"Gracias señor Sapo. Perdóneme por todo lo que le dije. Creo que fueron mis nervios y también, creo que no es tan feo. Lo aprecio mucho."

Así, ella se convenció que la fealdad no es cosa importante, más si la belleza del corazón.


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Moraleja
Nobleza obliga y agradecimiento, liga.

Fábula el Zorro y las Gallinas

Cierta vez, un Zorro tenía una gran obsesión con los huevos de las Gallinas, ya que era su postre favorito. Él siempre indagaba por los gallineros en busca de uno, hasta que encontró uno lo suficientemente no tan cuidado para hacer de las suyas.

Así, el Zorro aprovechó lo más que pudo para llevarse los huevos, y si las Gallinas no le dejaban hacerlo, las amenazaba con comérselas. Ellas indefensas, sólo veían como cada noche este bandido hacía de las suyas

Con el pasar del tiempo, el Dueño se dio cuenta que el número de gallinas crecía muy lentamente y que casi no ponían huevos. Preocupado en los gastos y perdidas, decidió vender a todas sus gallinas; por otro lado ellas al enterarse de las intenciones de su dueño, se propusieron idear un plan.

Al llegar la noche, el Zorro vino como de costumbre por los huevos, pero ellas lo recibieron ofreciéndole todos los huevos que desee con tal que no se lleve los estaban empollando. El Zorro aceptó y luego se llevó todos los huevos.

Al día siguiente, el Granjero fue al gallinero en busca de huevos y se encontró con que no había ninguno, pero si los que las gallinas empollaban. Esto le sorprendió mucho y decidió revisar todo el gallinero en busca de algún rastro de algún depredador.

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Las Gallinas corriendo el riesgo de que el zorro cumpliese con su amenaza al revelar su presencia, dejaron al descubierto unas huellas del Zorro para que el granjero las vea, y cuando las vio, estuvo pensativo por unos instantes, y luego se fue. Aquella noche y como de costumbre, el Zorro regresó en busca de los huevos, pero ni más bien al entrar, se encontró con el granjero que le apuntaba con una escopeta.

Lo último que supieron las Gallinas del pícaro Zorro, fue que pasó a formar parte de la colección de pieles del granjero.


Moraleja
El que mal anda, mal acaba. La astucia e inteligencia supera a la fuerza y viveza.

El Zapatero y el Millonario

Hace mucho, un Zapatero remendón gustaba de cantar todo el día. Era muy alegre y cantaba tan bonito como ninguno. Él tenía un vecino muy contrario a él aunque tenia mucho dinero, pero cantaba poco y dormía menos: él era un Millonario.

Cuando el Millonario dormitaba de cansancio a mediados del día, él se despertaba con el cantar del Zapatero. Así fue tantas veces, que el Millonario se lamentaba el que no se pueda vender el dormir como el comer o beber.

Un día, el hombre Rico invitó a su vecino el Zapatero a su tienda y le dijo:

"A ver estimado cuénteme, ¿cuanto gana al año?"

"¿Al año?" - Dijo el Zapatero pensativo - "Perdone usted vecino, pero jamás he sacado cuentas de eso. Pero no me queda un centavo de un día para otro. Me siento feliz con poder llegar a fin de año comiendo el pan de cada día."

"Entonces, ¿cuanto ganas al día?" - Volvió a preguntar el Millonario.

"Algunos días gano más dinero que otros. Pero los días de fiesta no trabajo, así que dichos días no gano dinero."

El Millonario rió con la sencillez y nobleza del Zapatero, luego le dijo:

"Me gustaría ayudarte, así que te voy a regalar cien monedas de oro. Guárdalos para una buena necesidad."

El Zapatero maravillado y agradecido, había pasado de la pobreza a la riqueza en solo segundos. Agradeció al hombre rico, se retiró y ya en su hogar, guardó con recelo su fortuna bajo su cama.

Pese a tal recompensa, nada volvió a ser igual en la vida del Zapatero por aquellas monedas. Ahora sentía que tenía algo muy valioso que cuidar, y ya no dormía cómodamente ante el temor de que alguien entre en su hogar a robarle. Gracias al dormir mal, ya no tenía las mismas energías para trabajar a diario y mucho menos, el cantar de felicidad.

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Tan molesta se volvió su vida de pronto, que a los pocos días de haber recibido aquella fortuna, acudió donde el Millonario a devolver todas las monedas.

El Hombre rico no encontraba lógica al acto del Zapatero que a la vez dijo:

"¿Cómo es posible que rechaces tal fortuna?. ¿No disfruta tener mucho dinero?"

"Pues verá vecino..." - Contestó el Zapatero - "Antes de tener dichas monedas, en mi casa era muy feliz. Cada mañana tras dormir plácidamente, me levantaba con energías para enfrentar mi trabajo diario. Mi felicidad era tan grande que cantaba cada vez que podía. Desde que recibí las monedas, mi vida ya no es igual. Vivo preocupado por proteger aquella fortuna y ni siquiera tengo tranquilidad para disfrutarla. Por eso, prefiero devolver estas monedas y vivir como antes. Gracias de todos modos."

Moraleja
La riqueza material, no es garantía de felicidad.

El Ratón listo y el Águila avariciosa

Cierta vez, una Águila muy hambrienta recorría el cielo buscando algo para cazar en un día de calor insoportable, y debido a eso y sumado el hambre, no podía usar su gran astucia. Ella buscaba impaciente y molesta por el calor, y sólo deseaba encontrar algo con que llenarse el estómago lo más pronto posible e irse.

Tras una ardua búsqueda, pudo ver a lo lejos un pequeño Ratoncito que estaba dando vueltas inquietamente. Sin dudarlo, se lanzó hasta quedar frente a él y le dijo:

"Qué inquieto estas hoy pequeño, ¿has perdido algo?"

"¿P-perder algo?, n-no, no..." - Dijo asustado el pequeño ratón tratando de mantener la calma - "S-sólo trato de buscar algo de comida para mis pequeños hijitos."

"Oh, ya veo... Yo también ando en busca de comida y que dicha la mía, pues eres el bocadillo que andaba buscando." - Dijo el Águila con mirada hambrienta.


El Ratoncito pensaba en cómo librarse de aquel lío, ya que no era fuerte ni veloz como el Águila, así que usó su ingenio y dijo:

"Un momento por favor, no me coma. Perdóneme la vida y a cambio, le daré a mis ocho hijitos."


"¿Ocho?" - Dijo el Águila imaginándose y hacíendose agua la boca con los ratoncitos que de seguro estaban tiernos para su paladar.

"Si señor Águila. Ocho. Todos gorditos y tiernitos. Estoy seguro que agradará este trato en vez de sólo yo." - Dijo el pequeño ratoncito.

"Acepto tu oferta ratón, pero de inmediato me llevarás hacia tus crías." - Dijo el Águila con desesperación.

Así, el Ratón guió hasta su madriguera siendo vigilado minuciosamente por el Águila. Cuando llegaron, el orificio de entrada era tan pequeño que el Águila no podía meter su cabeza, así que el Ratón dijo:

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"No va a poder entrar. Espéreme aquí por favor. Iré a traer a mis hijitos."

"De acuerdo. Pero date prisa." - Dijo el Águila ansioso y con mucha hambre.

Tras esto, pasaron minutos, luego horas, y la hambrienta Águila sólo apresuraba desde afuera al ratón pero no tenía respuesta alguna. Ya muy desesperada, el Águila asomó uno de sus ojos al interior de dicho orificio y pudo ver una enorme red de túneles, pero ninguna familia de pequeños ratones.

De esta manera, el astuto Ratoncito logró burlar y aprovechó en escapar con su familia de la avariciosa Águila que se decía:

"¡Qué tonta he sido!, debí devorar al ratón cuando pude!. Eso me pasar por ser avariciosa."

Tras esto, el Águila se fue volando muy molesta.

Moraleja

Jamás dejes de pasar las oportunidades que se te presentan.